(xii)

(Placeres culpables) Viajar y no aprender nada, excepto el menú. La pasta con pan; no apurar el plato me parece una descortesía inadmisible, y la última vez que lo comprobé el ragú no se rebañaba solo. Los adverbios de modo: honestamente, los considero elegantísimos. Las hipérboles, sin exagerar. El café torrefacto: un líquido tan vil tiene que tener un propósito, tal vez divino. Inasible, en cualquier caso. La Coca-Cola del aperitivo: más rica que cualquier cerveza, y estéticamente insuperable. Pedir perdón algo menos, actuar algo mejor. La función punitiva del estado —no se entiende la polis sin la indeleble, benéfica certeza de que el que la hace, la paga—. A propósito de las certezas: la maldad tiene un pase, no así ser siniestro. Noviembre como mes predilecto. Mantener un silencio respetuoso, y no dar lecciones a nadie. Jamás ceder a la crueldad. España, a pesar de todo.

(xi)

Tres fragmentos de belleza en orden cronológico, según me los he encontrado:

1. «Have a lived life instead of a career. Put yourself in the safekeeping of good taste. Lived freedom will compensate you for a few losses… If you don’t like the style of others, cultivate your own. Get to know the tricks of reproduction, be a self-publisher even in conversation, and then the joy of working can fill your days».

2. «Aunque no tuvieran más de un millar de hombres, combatirían hasta el último de ellos con tal de no ver esclava a Grecia. […] Los lacedemonios son libres sin duda, pero no lo son en todo. Tienen por dueño a la ley, y la temen mucho más de lo que los persas puedan temer a Jerjes. Siempre obedecen a sus mandatos, y el mandato de la ley siempre es el mismo: no huir del combate, cualquiera que sea el número de los adversarios, sino mantenerse firme en su puesto hasta vencer o morir».

3. «Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que haya podido vivir, sino el perfumé del café con las tostadas del desayuno y otras pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las mañanas de primavera y algunas sobremesas tan divertidas que he celebrado con los amigos. ¿Qué es la muerte? Joan Fuster decía que morir sería dejar de escribir. Por mi parte creo que la muerte será no poder tomar nunca más unos erizos de mar acompañados de un vino seco, bajo el humo dormido de las calmas de enero, a orillas del Mediterráneo, y no volver a probar otros manjares sencillos, naturales y terrestres que me han alimentado».

(x)

Escúcheme bien: aprenda inglés. No alemán: ellos ya saben inglés, no se preocupe por eso; aspire a hablarlo como uno de esos tudescos. Tampoco chino. Dedique su tiempo a tareas más placenteras —si es miembro del Opus Dei, a mí me gusta recomendar el cilicio—. Estudie, pero no demasiado. Lo suficiente para llegar al notable: el sobresaliente está overrated, excepto que quiera quedarse en la universidad. No se quede. Cuando estudie, eso sí, hágalo de veras. La biblioteca de la facultad no es un lugar aconsejable para concentrarse, ni en general para cualquier cosa distinta de ligar con sus compañeras de clase. Aproveche su tiempo libre para ver películas, leer libros y conocer gente. Absórbalo todo. Los clubes de debate están bien, pero son a la oratoria lo que el menú para niños a una degustación gastronómica: el concepto es esencialmente el mismo pero la ejecución y la creatividad requerida no tienen nada que ver. Compre el periódico cada mañana, sea exigente con lo que lea y solo atienda a los buenos: aunque la Escuela de Bolonia desapareció hace siglos, aún puede aprenderse a glosar leyendo a periodistas como Arcadi Espada. Fíese de su intuición pero recuerde que cada afirmación debe ser probada, y esto es tanto o más cierto fuera de un juzgado. El Mundo, en España, y el Financial Times y el Economist, en la pérfida Albión, son buenos sitios donde empezar. Escuche la radio, es decir, a Carlos Alsina. Y a ese grupo de viejos amigos que son los Cowboys de Medianoche. Siga el ejemplo de Don Eduardo Torres-Dulce: primero, gentleman; segundo, cinéfilo; tercero, fiscal general del estado. Váyase de Erasmus, pero no a Italia: eso no es irse de Erasmus sino de farra. ¿Por qué no prueba con una bonita y gélida ciudad centroeuropea? Aproveche y trate de encontrar una rubia de ojos glaucos, a ser posible que no hable ni una pizca de español. Aléjese de sus compatriotas como el que se refugia de la peste bubónica en una villa de la Toscana. En principio, España y los españoles seguirán ahí a su vuelta, aunque a estas alturas no le prometo nada. No ahorre ni un centavo, por el amor de Dios: los fondos europeos están para gastarlos, y brinde por el contribuyente holandés en cada ocasión que se le presente. Deje que le rompan el corazón. Ante todo, no se consuma. Y recuerde: usted será abogado las veinticuatro horas del día, y la gente esperará que actúe como tal. Así que compórtese. Estos, de tener alguno, son los consejos que le daría a un joven estudiante de derecho.

(ix)

«Bueno, se sentó frente a mí. Con una pierna estirada, otra encogida, con la rodilla puntiaguda, estrecha, lisa, frágil. A mi alcance, al alcance de mi mano. Solo tenía que extender el brazo para tocarle la rodilla. Tocarle la rodilla era lo último que debía hacer. Pero lo más fácil. A la vez que sentía la facilidad, la simplicidad del gesto, sentía también su imposibilidad. Como estar al borde de un precipicio y no poder saltar aunque quieras. Realmente necesité valor, mucho valor. Nunca había hecho nada tan heróico, o por lo menos tan voluntario. Es la única vez que he realizado un acto de voluntad pura».

Asomarse al mundo de Rohmer —que es el de nuestros padres—: más ligero, con seguridad peor en muchos aspectos, definitivamente menos estúpido que el nuestro. Como una refutación estética de la concepción whig de la historia.

(viii)

«Listen here, you old villain! Siempre he lamentado no ser rico. Pero si fuera rico, lo que usted llama mi dandismo sería algo gratuito. Le faltaría todo el heroísmo. Y no concibo un dandi sin heroísmo».

El descubrimiento más consistente que he hecho tras cumplir veintiocho años es Éric Rohmer.