(xiii)

–«¿Y el más grande quién es?
–El más grande… ¿Quién va a ser el más grande, papá? El Diego, hermano.
–Es así.
–Y… Se me llenan… Mirá, mirá: se me caen las lágrimas, bol… El Diego, loco. El Diiiiiego. El Diegote. El que lo bardeaba a… A los Grondona… Ese es el más grande de toda la vida, de toda la historia. El Diego Armando Maradona. Acá, papá. Acá, chabón. Fenómeno, drogadicto, lo que sea, papá. Yo te llevo en el alma, loco. Este es el más grande. Este se la jugó por la Argentina. Perón robó, todos robaron. Este, con el tobillo así con Brasil, le hizo así: “¡Caaaniii! ¡Caaaniii!”. ¡Pum! Y quien… El futbolero lo entiende, hermano».

(xii)

En la muerte de Bond: nacionalista, cruel, mujeriego, hedonista, irónico, subversivo. Muy noble, leal y siempre heroico comandante de la Royal Naval Reserve. Elitista y monárquico, conservador de antaño —Pienso en Iris Murdoch, a la que nunca nadie besó los pies mejor que Oakeshott—. Bebedor prodigioso de dry martinis (“Manolo dice que el dry martini es como un cuchillo disuelto”). Escocés, que es mi manera favorita de ser británico. Una reliquia de la Guerra Fría. Sí. Pero qué reliquia, Sir.  

(xi)

(Placeres culpables) Viajar y no aprender nada, excepto el menú. La pasta con pan; no apurar el plato me parece una descortesía inadmisible, y la última vez que lo comprobé el ragú no se rebañaba solo. Los adverbios de modo: honestamente, los considero elegantísimos. Las hipérboles, sin exagerar. El café torrefacto: un líquido tan vil tiene que tener un propósito, tal vez divino. Inasible, en cualquier caso. La Coca-Cola del aperitivo: más rica que cualquier cerveza, y estéticamente insuperable. Pedir perdón algo menos, actuar algo mejor. La función punitiva del estado —no se entiende la polis sin la indeleble, benéfica certeza de que el que la hace, la paga—. A propósito de las certezas: la maldad tiene un pase, no así ser siniestro. Noviembre como mes predilecto. Mantener un silencio respetuoso, y no dar lecciones a nadie. Jamás ceder a la crueldad. España, a pesar de todo.

(x)

Escúcheme bien: aprenda inglés. No alemán: ellos ya saben inglés, no se preocupe por eso; aspire a hablarlo como uno de esos tudescos. Tampoco chino. Dedique su tiempo a tareas más placenteras —si es miembro del Opus Dei, a mí me gusta recomendar el cilicio—. Estudie, pero no demasiado. Lo suficiente para llegar al notable: el sobresaliente está overrated, excepto que quiera quedarse en la universidad. No se quede. Cuando estudie, eso sí, hágalo de veras. La biblioteca de la facultad no es un lugar aconsejable para concentrarse, ni en general para cualquier cosa distinta de ligar con sus compañeras de clase. Aproveche su tiempo libre para ver películas, leer libros y conocer gente. Absórbalo todo. Los clubes de debate están bien, pero son a la oratoria lo que el menú para niños a una degustación gastronómica: el concepto es esencialmente el mismo pero la ejecución y la creatividad requerida no tienen nada que ver. Compre el periódico cada mañana, sea exigente con lo que lea y solo atienda a los buenos: aunque la Escuela de Bolonia desapareció hace siglos, aún puede aprenderse a glosar leyendo a periodistas como Arcadi Espada. Fíese de su intuición pero recuerde que cada afirmación debe ser probada, y esto es tanto o más cierto fuera de un juzgado. El Mundo, en España, y el Financial Times y el Economist, en la pérfida Albión, son buenos sitios donde empezar. Escuche la radio, es decir, a Carlos Alsina. Y a ese grupo de viejos amigos que son los Cowboys de Medianoche. Siga el ejemplo de Don Eduardo Torres-Dulce: primero, gentleman; segundo, cinéfilo; tercero, fiscal general del estado. Váyase de Erasmus, pero no a Italia: eso no es irse de Erasmus sino de farra. ¿Por qué no prueba con una bonita y gélida ciudad centroeuropea? Aproveche y trate de encontrar una rubia de ojos glaucos, a ser posible que no hable ni una pizca de español. Aléjese de sus compatriotas como el que se refugia de la peste bubónica en una villa de la Toscana. En principio, España y los españoles seguirán ahí a su vuelta, aunque a estas alturas no le prometo nada. No ahorre ni un centavo, por el amor de Dios: los fondos europeos están para gastarlos, y brinde por el contribuyente holandés en cada ocasión que se le presente. Deje que le rompan el corazón. Ante todo, no se consuma. Y recuerde: usted será abogado las veinticuatro horas del día, y la gente esperará que actúe como tal. Así que compórtese. Estos, de tener alguno, son los consejos que le daría a un joven estudiante de derecho.

(ix)

«Bueno, se sentó frente a mí. Con una pierna estirada, otra encogida, con la rodilla puntiaguda, estrecha, lisa, frágil. A mi alcance, al alcance de mi mano. Solo tenía que extender el brazo para tocarle la rodilla. Tocarle la rodilla era lo último que debía hacer. Pero lo más fácil. A la vez que sentía la facilidad, la simplicidad del gesto, sentía también su imposibilidad. Como estar al borde de un precipicio y no poder saltar aunque quieras. Realmente necesité valor, mucho valor. Nunca había hecho nada tan heróico, o por lo menos tan voluntario. Es la única vez que he realizado un acto de voluntad pura».

Asomarse al mundo de Rohmer —que es el de nuestros padres—: más ligero, con seguridad peor en muchos aspectos, definitivamente menos estúpido que el nuestro. Como una refutación estética de la concepción whig de la historia.

(viii)

«Listen here, you old villain! Siempre he lamentado no ser rico. Pero si fuera rico, lo que usted llama mi dandismo sería algo gratuito. Le faltaría todo el heroísmo. Y no concibo un dandi sin heroísmo».

El descubrimiento más consistente que he hecho tras cumplir veintiocho años es Éric Rohmer.

(vii)

Las corbatas no se agujerean con un alfiler, al igual que no agujereáis a vuestros seres queridos con una pica, ni se les debe someter a escorzos innecesarios: el four-in-hand es prácticamente el único nudo permitido, y cualquier caballero debería poder hacérselo con los ojos cerrados mientras camina sobre el precipicio de las cataratas de Reichenbach. Tampoco llevan bien que se les combine: la igualdad está pensada para los ciudadanos libres, no para ellas, tejidas para sobresalir. Infalibles, sensuales y absolutamente funcionales —recuérdese que son un acto de cortesía—, jamás pasan de moda, excepto aquella que te compraste para tu primera fiesta de Nochevieja. Forman parte de nuestro imaginario, casi cabría decir de nuestros sueños: a los parisinos les fascinaban los pañuelos que los mercenarios croatas se anudaban al cuello durante la guerra de los Treinta Años, y los decimonónicos, altaneros estudiantes del Exeter College de Oxford se ataban los lazos de sus sombreros al cuello, deseosos de desafiar a todo y a todos; Wilde decía que hasta un corredor de bolsa podía parecer civilizado con un frac y una corbata blanca. En general, nadie las ha venerado tanto como los británicos (no puedo contener la emoción cuando recuerdo a ese veterano del Día D que le reprochaba al duque de Sussex que no llevase puesta la suya: «Where’s your bloody tie?»). Pero no nos engañemos: habrá un día en que desaparecerán, y un ejercito, real o figurado, de markzuckerbergs poblarán nuestras calles, oficinas y restaurantes. Será, eso sí, un mundo más uniforme, estúpido y malencarado; uno, en fin, más romo, como una cuarentena infinita. Por mi parte, lo que más echaré de menos es que alguna chica vuelva a decirme lo bonita que es la mía. No sabéis cómo se siente uno después de eso.

(vi)

«Habían ido a cenar juntos, una noche, durante el rodaje de Muerte de un ciclista. Esa primera noche fueron a su hotel, pero no se acostaron. Lucia tenía un dolor de cabeza terrible y le dijo que quería descansar. En la habitación, la trepidación del metro hace bailar la mesilla de noche y Lucia dice que ese ruido la va a volver loca. Entonces Luis Miguel le dice: ‘No te preocupes’. Se sienta, coloca los pulgares sobre la mesita y se queda así toda la noche, a su lado. Cuando Lucia despierta, él sigue allí. Y es cuando se da cuenta de que está enamorada, de que iría a cualquier lado por ese hombre».

Joaquín Jordá sobre los inicios de la relación entre Luis Miguel Dominguín y Lucia Bosè. Descanse en paz ella también. (No pretendo que este blog se conviertan en un obituario, pero me parecía injusto omitirlo; por lo demás, se nos están marchando los últimos representantes de una generación prodigiosa).

(v)

«P. Volviendo a las cabareteras…

R. Recuerdo en especial un cabaret de Bruselas, Le Boeuf Sur le Toit, donde se practicaba el strip-tease, esas cosas. Yo venía del Baztán. Allí fue donde vi por primera vez una mujer desnuda.

P. ¿Y qué?

R. Impresionante».

De una entrevista que Arcadi Espada hizo a Carlos Falcó, marqués de Griñón, hace quince años. Carlos Falcó murió el pasado viernes. Descanse en paz.

(iv)

No quitarme el pijama, pero ir impecablemente vestido. Escuchar a Brassens. Y a Aznavour, y a Tenco. Soñar con un gato negro llamado Talleyrand. Leer el periódico como antaño, desde el principio hasta el final. Y a la judía, lápiz en mano. Aprender algo delicado, inútil y pintoresco —francés, por ejemplo—. Acordarme de Sorrento en invierno, y lo feliz que fui. Volver a Garci. Boxear en soledad, contra la pared y contra mí mismo. Perder. Hacer algo hortera (tratar de combinar el pañuelo de bolsillo con la corbata, o beber Dom Pérignon del cincuenta y tres a una temperatura superior a los cuatro grados). Encargar un esmoquin blanco. No cocinar bajo ninguna circunstancia. Pensar en el sur, que no existe cuarentena si existe Andalucía. Reírme con Jardiel Poncela y Mihura. Reconciliarme con mis enemigos. Sufrir las consecuencias. Escribir algo de belleza. Ser, al fin, un caballero. Reconocer que también esto pasará. Echar de menos Francia, y a mi francesa. Todo eso es lo que me espera.