(xviii)

Ava Gardner sentada entre la multitud de Las Ventas —ambas, Ava y la multitud, probablemente las únicas certezas nacionales, junto con la Guardia Civil— mira a la cámara (¡Ava Gardner te está mirando!) mientras se sujeta ligeramente la cabeza con la mano, y yo no puedo evitar recordar, como Borges, que el jaguar era uno de los atributos de dios.

(Tras su barbilla, la de Carmina Ordóñez. Después la nada).

(xvii)

(Los bares) Nadie salga sin saber geometría.

(xvi)

«John Adams: My dearest friend, whether I stand high or low in the estimation of the world, my conscience is clear. I thank God I have you for a partner in all the joys and sorrows, all the prosperity and adversity of my life. To take a part with me in the struggle.

Abigail Adams: Should I draw you the picture of my heart, you would know with what indescribable pleasure I have seen so many scores of years roll over our heads, with an affection heightened and improved by time. Nor have the dreary years of absence in the smallest degree effaced from my mind the image of the dear, untitled man to whom I gave my heart. You could not be, nor did I wish to see you, an inactive spectator.

John Adams: Posterity! You will never know how much it cost the present generation to preserve your freedom! I hope you will make a good use of it. If you do not, I shall repent in heaven, that I ever took half the pains to preserve it.»

Del final de John Adams (2008) (y este de la correspondencia entre John y Abigail Adams). Una de las escenas más bellas que recuerdo, además de aglutinadora de todo lo que pienso sobre las relaciones y la política –es decir, de todo lo que pienso.

(xv)

(Guía brevissima y desordenada sobre los restaurantes italianos) Evite los locales con demasiado lustre: los italianos han comprendido que el diseño de los muebles y el sabor de la comida son dos jardines que se bifurcan. Del servicio, acaso recordar que suele ser gender-oriented —los camareros italianos están locos por las chicas, y, mi dispiace signore, eso incluye a su cita. Mala suerte. Olvídese de la burrata y de la gente que pide burrata. Sobre la bruschetta: me caen simpáticos los pueblos que tuvieron la idea de poner tomate sobre pan y creyeron haber inventado algo digno de ponerle un nombre. No se líe: la margarita es la medida de todas las cosas: si no está a la altura, vuelva a ponerse el abrigo y lárguese sin pagar; abofetear al gerente es una opción, en absoluto excesiva («no soy el gobierno, así que no me pida indultos»). En la pasta, todo es pedigrí: si es del sur, alle vongole; de Roma, la carbonara; y si es del norte, ¿qué está haciendo con su vida? Pídase una milanesa o un ossobuco y tenga un poco de cabeza. Por el amor de Dios.

(xiv)

«Vivíamos como reyes. Bebíamos vodka a cántaros. Las chicas bonitas nos querían bien. Andábamos sobre alfombras doradas, nadábamos en la abundancia y pagábamos con oro, plata y dólares. Pagábamos por todo, por el vodka y por la música. Al amor con el amor, y al odio con el odio…».

Durante cierto tiempo creí haber leído este fragmento de El enamorado de la Osa Mayor en una edición ajada y de lomo estelado, mientras me alojaba —por apenas cuatro o cinco días— en un monasterio cisterciense. Más tarde reparé en que aquel recuerdo era imposible, pues el párrafo pertenecía a un prólogo escrito por el autor que mi edición no incluía. Mientras escribo estas líneas, con el libro delante de mí, observo que no posee tal cosa como estrellas en el costado, sino un fondo perfectamente ocre, o tal vez marfil. Ahora dudo de que existiera el monasterio, al que nunca he vuelto.

(xiii)

–«¿Y el más grande quién es?
–El más grande… ¿Quién va a ser el más grande, papá? El Diego, hermano.
–Es así.
–Y… Se me llenan… Mirá, mirá: se me caen las lágrimas, bol… El Diego, loco. El Diiiiiego. El Diegote. El que lo bardeaba a… A los Grondona… Ese es el más grande de toda la vida, de toda la historia. El Diego Armando Maradona. Acá, papá. Acá, chabón. Fenómeno, drogadicto, lo que sea, papá. Yo te llevo en el alma, loco. Este es el más grande. Este se la jugó por la Argentina. Perón robó, todos robaron. Este, con el tobillo así con Brasil, le hizo así: “¡Caaaniii! ¡Caaaniii!”. ¡Pum! Y quien… El futbolero lo entiende, hermano».

(xii)

En la muerte de Bond: nacionalista, cruel, mujeriego, hedonista, irónico, subversivo. Muy noble, leal y siempre heroico comandante de la Royal Naval Reserve. Elitista y monárquico, conservador de antaño —pienso en Iris Murdoch, a la que nunca nadie besó los pies mejor que Oakeshott—. Bebedor prodigioso de dry martinis («Manolo dice que el dry martini es como un cuchillo disuelto»). Escocés, que es mi manera favorita de ser británico. Una reliquia de la Guerra Fría. Sí. Pero qué reliquia, Sir.  

(xi)

(Placeres culpables) Viajar y no aprender nada, excepto el menú. La pasta con pan; no apurar el plato me parece una descortesía inadmisible, y la última vez que lo comprobé el ragú no se rebañaba solo. Los adverbios de modo: honestamente, los considero elegantísimos. Las hipérboles, sin exagerar. El café torrefacto: un líquido tan vil tiene que tener un propósito, tal vez divino. Inasible, en cualquier caso. La Coca-Cola del aperitivo: más rica que cualquier cerveza, y estéticamente insuperable. Pedir perdón algo menos, actuar algo mejor. La función punitiva del estado —no se entiende la polis sin la indeleble, benéfica certeza de que el que la hace, la paga—. A propósito de las certezas: la maldad tiene un pase, no así ser siniestro. Noviembre como mes predilecto. Mantener un silencio respetuoso, y no dar lecciones a nadie. Jamás ceder a la crueldad. España, a pesar de todo.

(x)

Escúcheme bien: aprenda inglés. No alemán: ellos ya saben inglés, no se preocupe por eso; aspire a hablarlo como uno de esos tudescos. Tampoco chino. Dedique su tiempo a tareas más placenteras —si es miembro del Opus Dei, a mí me gusta recomendar el cilicio—. Estudie, pero no demasiado. Lo suficiente para llegar al notable: el sobresaliente está overrated, excepto que quiera quedarse en la universidad. No se quede. Cuando estudie, eso sí, hágalo de veras. La biblioteca de la facultad no es un lugar aconsejable para concentrarse, ni en general para cualquier cosa distinta de ligar con sus compañeras de clase. Aproveche su tiempo libre para ver películas, leer libros y conocer gente. Absórbalo todo. Los clubes de debate están bien, pero son a la oratoria lo que el menú para niños a una degustación gastronómica: el concepto es esencialmente el mismo pero la ejecución y la creatividad requerida no tienen nada que ver. Compre el periódico cada mañana, sea exigente con lo que lea y solo atienda a los buenos: aunque la Escuela de Bolonia desapareció hace siglos, aún puede aprenderse a glosar leyendo a periodistas como Arcadi Espada. Fíese de su intuición pero recuerde que cada afirmación debe ser probada, y esto es tanto o más cierto fuera de un juzgado. El Mundo, en España, y el Financial Times y el Economist, en la pérfida Albión, son buenos sitios donde empezar. Escuche la radio, es decir, a Carlos Alsina. Y a ese grupo de viejos amigos que son los Cowboys de Medianoche. Siga el ejemplo de Don Eduardo Torres-Dulce: primero, gentleman; segundo, cinéfilo; tercero, fiscal general del estado. Váyase de Erasmus, pero no a Italia: eso no es irse de Erasmus sino de farra. ¿Por qué no prueba con una bonita y gélida ciudad centroeuropea? Aproveche y trate de encontrar una rubia de ojos glaucos, a ser posible que no hable ni una pizca de español. Aléjese de sus compatriotas como el que se refugia de la peste bubónica en una villa de la Toscana. En principio, España y los españoles seguirán ahí a su vuelta, aunque a estas alturas no le prometo nada. No ahorre ni un centavo, por el amor de Dios: los fondos europeos están para gastarlos, y brinde por el contribuyente holandés en cada ocasión que se le presente. Deje que le rompan el corazón. Ante todo, no se consuma. Y recuerde: usted será abogado las veinticuatro horas del día, y la gente esperará que actúe como tal. Así que compórtese. Estos, de tener alguno, son los consejos que le daría a un joven estudiante de derecho.

(ix)

«Bueno, se sentó frente a mí. Con una pierna estirada, otra encogida, con la rodilla puntiaguda, estrecha, lisa, frágil. A mi alcance, al alcance de mi mano. Solo tenía que extender el brazo para tocarle la rodilla. Tocarle la rodilla era lo último que debía hacer. Pero lo más fácil. A la vez que sentía la facilidad, la simplicidad del gesto, sentía también su imposibilidad. Como estar al borde de un precipicio y no poder saltar aunque quieras. Realmente necesité valor, mucho valor. Nunca había hecho nada tan heróico, o por lo menos tan voluntario. Es la única vez que he realizado un acto de voluntad pura».

Asomarse al mundo de Rohmer —que es el de nuestros padres—: más ligero, con seguridad peor en muchos aspectos, definitivamente menos estúpido que el nuestro. Como una refutación estética de la concepción whig de la historia.