Madrid, 24 de julio de 2022
Qué encantadora exposición, la de Paret en el Prado. Y el paseo con D. por el Retiro.
Madrid, 24 de julio de 2022
Qué encantadora exposición, la de Paret en el Prado. Y el paseo con D. por el Retiro.
Barcelona, 22 de julio de 2022
Excepto El Diego, la champaña y el derecho mercantil, todo lo demás me ha decepcionado alguna vez—y habitualmente más de una.
Barcelona, 19 de julio de 2022
El café de Barcelona es superior al de Madrid, pero fracasa en el poso.
Barcelona, 18 de julio de 2022
La coquetería de trabajar durante la noche, semejante para el abogado a la cicatriz rencorosa que le cruzaba la cara al Inglés de La Colorada en el cuento de Borges.
Madrid, 16 de julio de 2022
Cuando estoy a punto de hacer algo necio, alzo la vista sobre la estantería hacia la reproducción que N. me regaló de El caballero de la mano en el pecho y recuerdo que noblesse oblige. O, en la hermosa traducción que hace Trapiello de toujours haut, señero siempre.
Madrid, 14 de julio de 2022
En el club, melocotón y champaña—es decir, bellini. Y los inseparables recuerdos: de cuando tuvimos veinte años en Roma y se nos ocurrió sustituir el café de la mañana por los memorables bellinis que A. preparaba. Acabamos dejándolo pasar por los mismos motivos que lo adoptamos: exclusivamente de belleza.
Madrid, 12 de julio de 2022
El agua con gas es un acto de civilización—quizá el único en que España no haya participado con cierto brío, ya sea enfrentándolo (mas no fuera io español si no buscara peligros), ya sea engastado en su égida. A mí me gusta en vaso con hielo y una rodaja de limón.
Madrid, 9 de julio de 2022
Ro-da-ba-llo, la punta de la lengua emprende un viaje, etcétera. (De sus otros nombres, Rémol, Rapante, Corujo y Escamudo, bien se puede decir que retumba la belleza de lo clásico). Aunque preferí el huevo poché.
Madrid, 8 de julio de 2022
A la edad en que a Manolete nos lo mataron no he sido capaz de vislumbrar califato alguno—ni ganas. Pero me digo, como Orestes a las intolerables Erinias, aún no he caído y de vencer te jactas.
(Taberna) Nos acomodan en una esquina cerca de la entrada, cuya precariedad y estrechez me recuerdan a una divertida fotografía de Rajoy y Sarkozy de hace un lustro, en una tasca de Madrid. Mientras comemos, desfilan ante nosotros un diseñador de moda con un abrigo de piel hasta los tobillos y un conocido productor, cuya estética, la de ambos, no se aviene bien con el decorado taurino del local. Quizá por eso. La comida, mesetaria, es completa, precisa y terminante, y el vino me recuerda al de aquellas trattorias romanas en que tanto nos regocijábamos. De tan espantoso, repito.
(LAdC) ‘Vivíamos en el mismo edificio, hace no mucho’, comienza M., a la salida. ‘Una vez concidimos tirando la basura. Él iba en zapatillas de andar por casa’. ¿Y entonces? ‘Llevaba el pelo engominado hacia atrás’.
(Docto) Vuelvo a encontrármelo cerca de casa, ataviado con su sempiterna capa española y birrete doctoral, de raso negro, como si cada domingo le invistiesen doctor honoris causa por una universidad sudamericana, mientras camina con dificultad apoyado en su bastón. Es la viva imagen de un patricio. A veces, pienso, podría escribir una novela negra sobre él: en ella, un detective octogenario, antiguo licenciado y lector de Gracián, resuelve casos de lo más selectos en el barrio de Salamanca. Gran bebedor de amontillado (‘largo, largo como una espada ropera’), hace años que rodea Jorge Juan entre Serrano y Velázquez.