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(Guía brevissima y desordenada sobre los restaurantes italianos) Evite los locales con demasiado lustre: los italianos han comprendido que el diseño de los muebles y el sabor de la comida son dos jardines que se bifurcan. Del servicio, acaso recordar que suele ser gender-oriented —los camareros italianos están locos por las chicas, y, mi dispiace signore, eso incluye a su cita. Mala suerte. Olvídese de la burrata y de la gente que pide burrata. Sobre la bruschetta: me caen simpáticos los pueblos que tuvieron la idea de poner tomate sobre pan y creyeron haber inventado algo digno de ponerle un nombre. No se líe: la margarita es la medida de todas las cosas: si no está a la altura, vuelva a ponerse el abrigo y lárguese sin pagar; abofetear al gerente es una opción, en absoluto excesiva («no soy el gobierno, así que no me pida indultos»). En la pasta, todo es pedigrí: si es del sur, alle vongole; de Roma, la carbonara; y si es del norte, ¿qué está haciendo con su vida? Pídase una milanesa o un ossobuco y tenga un poco de cabeza. Por el amor de Dios.

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