(xxiv)

Andaba yo absorto en mis pensamientos —es un decir— en un restaurante del paseo de Gracia cuya apariencia debe coincidir, mutatis mutandis, con la que tuvo que tener el Reno de Tuset 27, cuando reparé en el Beef Wellington que en aquel momento nos servían, y no pude más que concluir, no carente de satisfacción, que si bien es cierto que clásico es aquello a lo que no le sobra nada, también lo es que sublime lleva hojaldre, echalote y vino de Madeira.

(A propósito de Reno: Vila-Sanjuán nos refiere en El joven Porcel que Javier de Echarri, a la sazón director de La Vanguardia, muere en octubre de 1969, todavía en ejercicio del cargo, por atragantarse durante una cena que tenía lugar en aquel restaurante: se ha venido prefiriendo, quizá de manera prematura, la idea de morir dormido a la de morir cenando, sin haberse valorado suficientemente las ventajas de esto último).

(Sobreviví).

(xxiii)

(Ser príncipe) «Reservado y solitario, Lampedusa llevó en Palermo una vida monótona, rutinaria, sin drama. Dijo en alguna ocasión que su profesión era “ser príncipe”. Vivía sin grandes medios, de las modestas rentas que pudo conservar de la fragmentadísima herencia de los Lampedusa, tras frecuentes pleitos y múltiples problemas administrativos con miembros de otras ramas de su familia. Nunca trabajó, en efecto (o trabajó “de príncipe”). Se levantaba pronto, paseaba por calles, cafés y librerías de Palermo: la pasticceria de Massimo, los cafés Caflish y Mazzana, la librería Flaccovio. Leía durante horas en su biblioteca. La lectura, no escribir, era su verdadera vocación. Acudía a alguna tertulia o con intelectuales locales (Bebbuzzo Lo Monaco, Virgilio Titone, Gaetano Falzone) o con algunos jóvenes escritores, o aspirantes a serlo (su sobrino e hijo adoptivo Gioacchino Lanza Tomasi, modelo del Tancredi de El Gatopardo, Francesco Agnello, Francesco Orlando), a los que en algún momento dio, además, cursos de literatura (de los que quedaron centenares de páginas manuscritas inéditas). Era cultísimo. Conocía a la perfección sobre todo las literaturas inglesa, francesa y rusa. Los mismos escritores a los que conoció en 1954 en San Pellegrino Terme –Bassani, Montale, por ejemplo– le parecieron personas de cultura sólo discreta. Mantenía una óptima relación con sus excéntricos y divertidos primos Giovanna, Casimiro y Lucio Piccolo a cuya casa en Capo D’Orlando, en el nordeste de Sicilia, cerca de Messina, Lampedusa iba con frecuencia. Con Licy, que no se instaló en Palermo hasta que en 1946 murió Beatrice, la madre de su marido (antes, desde 1943, Licy vivió en Roma), coincidía ya al atardecer: leían, oían música e iban al cine. Viajaban con alguna frecuencia a Roma».

Juan Pablo Fusi en Revista de Occidente, cuyo diseño conserva un aire anticuado y encantador. Por una mezcla más o menos evidente de geografía y ethos, Palermo, Cádiz o la Provenza constituyen plazas excelentes para ser príncipe, mientras que otras —pienso en Barcelona, Londres o Nueva York, no tanto Madrid— se me hacen profundamente hostiles.

(xxii)

(Las francesas) «Fue en París, antes de la era Sarkozy. Un amigo periodista hacía cola pacientemente en una oficina de Correos para enviar un paquete. Llevaba bastante rato y estaba a punto de llegar cuando apareció Carla Bruni. Magnética, recorrió la fila hasta llegar al colega y musitó: “¿Me deja pasar? Tengo un poco de prisa”. Mi amigo es francés comme il faut, por tanto, galante (aún no existían los micromachismos): “¡Por favor, pase usted! Carla Bruni, ¿verdad? ¡Qué grata sorpresa! Conocerla así, en una cola de Correos…”. Ella sonrió brevemente. “No, ya ve que cola no hago”. Y pasó a la ventanilla».

Fernando Savater en El País.

(xxi)

(Una definición satisfactoria del intelectual de derechas) Aquel más cerca de la fatwa que del Nobel.

(xx)

«Podrían resumirse así: este es el triunfo de los modelos paganos en el más católico de los siglos con el más católico de los reyes al frente, oh paradoja; y en medio de la Contrarreforma y la fiebre mística que recorría España, la más clara proclamación de la sensualidad y los “frescos racimos”, que dijo Rubén Darío […] Y la de vueltas que da la vida: casi cinco siglos después también sigue el reino de Bélgica más o menos como lo dejó Guillermo de Orange, a merced de oscurantistas y atormentados. A cada cual le corresponde ahora escoger de qué lado de la vida quiere estar, el de los “frescos racimos” o el de los siniestros y “fúnebres ramos”, por seguir con Darío».

Andrés Trapiello en El Mundo –por lo demás, la libertad de la constitución fue siempre eso para mí: un fresco racimo, núcleo de un bodegón espléndido. Pero no me engaño acerca de su sino: la nature morte.

(De Bélgica, como de la voluntad como soporte de lo ético, no cabe hablar).

(xix)

«P. Pero ayuda a vivir, espanta los males…

R. Yo prefiero pensar eso, que lo hemos llevado con muy buen humor y hemos espantado la pena. Los personajes de más arte, gracia y humor que he conocido eran flamencos. El Beni, Pericón… No los he conocido con más arte. Y, como decía El Gallina, he recorrido los seis continentes, desde Asia hasta Madrid.

P. Ole».

De una entrevista a Enrique Morente en El País en el año 2003, tras publicar aquel El pequeño reloj; nótese que las entrevistas flamencas y taurinas comparten un rasgo común: son esencialmente intraducibles. Coquetería aparte.

(xviii)

Ava Gardner sentada entre la multitud de Las Ventas —ambas, Ava y la multitud, probablemente las únicas certezas nacionales, junto con la Guardia Civil— mira a la cámara (¡Ava Gardner te está mirando!) mientras se sujeta ligeramente la cabeza con la mano, y yo no puedo evitar recordar, como Borges, que el jaguar era uno de los atributos de dios.

(Tras su barbilla, la de Carmina Ordóñez. Después la nada).

(xvii)

(Los bares) Nadie salga sin saber geometría.

(xvi)

«John Adams: My dearest friend, whether I stand high or low in the estimation of the world, my conscience is clear. I thank God I have you for a partner in all the joys and sorrows, all the prosperity and adversity of my life. To take a part with me in the struggle.

Abigail Adams: Should I draw you the picture of my heart, you would know with what indescribable pleasure I have seen so many scores of years roll over our heads, with an affection heightened and improved by time. Nor have the dreary years of absence in the smallest degree effaced from my mind the image of the dear, untitled man to whom I gave my heart. You could not be, nor did I wish to see you, an inactive spectator.

John Adams: Posterity! You will never know how much it cost the present generation to preserve your freedom! I hope you will make a good use of it. If you do not, I shall repent in heaven, that I ever took half the pains to preserve it.»

Del final de John Adams (2008) (y este de la correspondencia entre John y Abigail Adams). Una de las escenas más bellas que recuerdo, además de aglutinadora de todo lo que pienso sobre las relaciones y la política –es decir, de todo lo que pienso.

(xv)

(Guía brevissima y desordenada sobre los restaurantes italianos) Evite los locales con demasiado lustre: los italianos han comprendido que el diseño de los muebles y el sabor de la comida son dos jardines que se bifurcan. Del servicio, acaso recordar que suele ser gender-oriented —los camareros italianos están locos por las chicas, y, mi dispiace signore, eso incluye a su cita. Mala suerte. Olvídese de la burrata y de la gente que pide burrata. Sobre la bruschetta: me caen simpáticos los pueblos que tuvieron la idea de poner tomate sobre pan y creyeron haber inventado algo digno de ponerle un nombre. No se líe: la margarita es la medida de todas las cosas: si no está a la altura, vuelva a ponerse el abrigo y lárguese sin pagar; abofetear al gerente es una opción, en absoluto excesiva («no soy el gobierno, así que no me pida indultos»). En la pasta, todo es pedigrí: si es del sur, alle vongole; de Roma, la carbonara; y si es del norte, ¿qué está haciendo con su vida? Pídase una milanesa o un ossobuco y tenga un poco de cabeza. Por el amor de Dios.